Desde mitad del siglo XX, la industria alimentaria impulsó una intensa campaña de propaganda para sustituir las grasas animales por aceites de semillas como el de soja, maíz y girasol.
Financiando estudios científicos sesgados y campañas de marketing masivas, el sector promovió la idea de que el colesterol y las grasas saturadas eran los únicos culpables de las enfermedades cardiovasculares.
Paralelamente, se demonizaron alimentos ancestrales como la manteca, el sebo y la mantequilla, etiquetándolos erróneamente como peligrosos para el corazón. En su lugar, los aceites vegetales procesados se presentaron engañosamente como la alternativa moderna, limpia y «saludable».
Las directrices nutricionales oficiales, a sueldo de la industria alimentaria, se alinearon rápidamente con estos intereses comerciales, influyendo en médicos y medios de comunicación para consolidar este cambio de paradigma.
Como resultado, el consumo de grasas naturales cayó drásticamente mientras los aceites altamente refinados inundaban los hogares.
Esta manipulación no solo aseguró ganancias multimillonarias a las corporaciones agrarias, sino que también transformó por completo la dieta global.
Desde hae unos años, la ciencia sostenida por médicos, nutricionistas suficientemente independientes, cuestiona duramente este sesgo, revelando el daño metabólico causado por el exceso de aceites vegetales industriales.
Una vez más, como ya ha sucedido con la industria de los carburantes, la industria farmacéutica y otras, La industria alimentaria primó el interés por el beneficio por encima de la salud de los consumidores.